Piazza Navona: de fontanas y rivales

En la capital italiana no hace falta pagar una entrada para admirar o conocer a artistas famosos: Roma es una obra de arte al aire libre. El Renacimiento y el Barroco decoran y embellecen el paisaje urbano sin que tal vez nos demos cuenta. Parte del corazón de la Ciudad Eterna son sus fontane (fuentes) y piazze (grandes espacios asfaltados, a diferencia de las ‘plazas’). Junto con las chiese (iglesias), son la manera más fácil y gratis de ver arte del bueno, ese que abunda en museos y en galerías privadas. Piazza Navona tiene todo: ubicación céntrica, belleza, arte, fontane (tres, es bien derrochona en fuentes), antiguas historias de emperadores y mártires, curiosidades, mitos y secretos.


La piazza de las tres fuentes

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Navona es grande, justo para emplazar sus tres fontanas, y alargada. En los extremos están las Fuentes de Neptuno y Del Moro (fotos arriba y derecha). Se hicieron en el 1500, las creó el mismo artista (Della Porta), y no son las versiones originales (están “retocadas”). 100 años después llegó la estrella: la imponente Fuente de los Cuatro Ríos (Fontana dei Fiumi). De una piscina emergen cuatro gigantescas estatuas de mármol que representan a los principales ríos de los continentes conocidos por entonces: el Nilo (África), el Danubio (Europa), el Ganges (Asia) y el Río de la Plata (América). En el centro, uno de los tantos obeliscos que los romanos se trajeron de Egipto y que están por toda la ciudad.

Las fontanas, artísticas por demás, están recién restauradas; de noche, iluminadas, lucen bellísimas. La Fuente de los Ríos es imponente; frente a ella hay una iglesia, Santa Inés en Agonía; y entre ambas, un secreto. El creador de la fontana ─Bernini, el arquitecto más famoso y solicitado en Roma por aquellos tiempos─ era archienemigo del que diseñó la iglesia. Dicen que Bernini, montado en cólera, le echó un mal augurio al edificio y profetizó que se caería o que quedaría poco agraciado. Por suerte el pronóstico no le salió bien.

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Frente a Sant’Agnese in Agone, el Nilo se tapa los ojos y el Río de la Plata, con temor, extiende su brazo hacia el edificio como sosteniéndolo. ¿Qué quiso decir Bernini? ¿Que quedaría fea, que se derrumbaría?

La iglesia “maldita” de Navona

Desde que el mundo es mundo, las creencias de toda índole han dado respuestas y esperanza a la Humanidad; y también se han usado (y se siguen usando) como vil excusa para que algunos les arranquen la vida a otros. Los romanos no siempre fueron devotos de la Iglesia Católica Apostólica. Cuando el Imperio era politeísta y adoraba a Zeus y al Olimpo entero, estaba absoluta y mortalmente prohibido cualquier otro credo. Según la doctrina cristiana, Jesús fue martirizado y asesinado; y muchos de los que creyeron en Él sucumbieron de maneras espantosas. Incluso niños.


Hubo una pequeña, en Roma, que tenía una profunda fe en Jesucristo. Sólo por eso fue atrapada, enjuiciada ilegalmente (por su edad) y condenada: la lastimaron y la hicieron morir en agonía. El nombre de la niña no se conoce pero fue apodada “cordero” (en relación a su inocencia), que en latín es ‘agnos’ y derivó en Agnes o Inés.


El mito dice que fue llevada a un prostíbulo y que un ángel preservó su virginidad; que luego la expusieron en un lugar público, desnuda frente a una multitud, pero que su larga cabellera dorada creció velozmente cubriéndola por completo; que un hombre la miró lascivamente, quedó ciego y ella con sus plegarias lo curó; que la llevaron a la hoguera pero que las llamas no entraban en su cuerpo y que finalmente la degollaron y se desangró.

La parte sobrenatural pertenece al terreno de la fe, pero la niña sin nombre existió y fue torturada por los romanos. Tenía 12 años. El emperador era Domiciano; el lugar donde la expusieron, Piazza Navona; y la criatura es conocida como Santa Inés.

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En el sitio exacto donde los romanos martirizaron a una niña hay una iglesia en su memoria (conserva el pequeño cráneo). Santa Inés en Agonía es una obra barroca impresionante. Los muros están decorados con una increíble mezcla entre cuadros, estatuas y frescos. Como en las ochentosas películas de terror o en series del estilo “Stranger things”, las figuras en relieve parecen salirse de las paredes. Por suerte ninguna mano brotará y nos succionarán al más allá. No es cine, es piedra tallada con un maravilloso efecto tridimensional.
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La pequeña y circular Santa Inés, además de su lado artístico y religioso, ofrece vistas muy especiales de la piazza desde su terraza y conciertos de óperas populares. Son en la Sacristía (foto derecha), en un increíble salón. Los tickets se venden allí mismo (alrededor de 25 euros).

Borromini vs Bernini

No son dos equipos de fútbol, son dos artistas italianos del 1600 que rivalizaron ferozmente durante todas sus vidas. Algunos de sus obras están en Piazza Navona. Borromini hizo la iglesia de Santa Inés y Bernini, la Fuente de los Cuatro Ríos y algunas reformas en las otras dos fontanas. Varios siglos atrás, los artistas hacían de todo (dibujaban, pintaban, esculpían o diseñaban desde un palacio hasta una fuente); y todo, extraordinariamente bien. Miguel Ángel, Leonardo y Donatello fueron grandes maestros, hoy considerados genios. Posteriores a ellos, con otro estilo y otro alcance, Borromini y Bernini heredaron ese talento integral.

En aquella época los trabajos más importantes eran encargos del Vaticano, por lo cual era fundamental contar con su apoyo. Bernini fue el preferido de todos los Papas de su tiempo, excepto de uno: el que planificó las reformas de Piazza Navona. Para entonces sólo estaban las fuentes laterales; Inocencio X encargó el Palacio Pampili, otra fuente para hacer de soporte del obelisco que estaba al medio y una iglesia en honor a Santa Inés. Bernini ganó el concurso para la iglesia y para la fontana; pero Inocencio le dejó sólo uno y le dio el otro a su rival.


Según la leyenda, el apodado “arquitecto de Dios”, acostumbrado a la fama y al dinero, no se lo tomó a bien, maldijo la iglesia (que Borromini comenzaría un año después) y dejó su mensaje encriptado en la propia fuente.


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Bernini, “el arquitecto de Dios”, fue el favorito de casi todos los Papas. Si tu “empleador” es el Vaticano, tu obra debe ser monumental. Cualquiera (es gratis) puede comprobar su enorme talento al visitar la Plaza de San Pedro (fue su diseño) o la Basílica, en el baldaquino (esa gigantesca estructura de madera sobre el altar, foto derecha) y en la cátedra de San Pedro (el trono del primer Papa; foto izquierda).

Bernini y Borromini tenían la misma edad. Al principio trabajaron juntos, pero se convirtieron en enemigos. Bernini, con el cambio de Papa, recuperó los favores y el éxito. Borromini, de espíritu impulsivo y atormentado, terminaría suicidándose. La competencia era durísima; las frustraciones y la obsesión permanente por superar al otro, quizá, los llevaran a desafiarse a sí mismos cuando consiguieron los proyectos en Navona. La iglesia y la fuente quedarían frente a frente, casi tocándose, hablándose mutuamente: debían ser magistrales. Lo lograron.


Ambos representantes del Barroco fueron muy talentosos. Sus obras pueden verse en museos, en iglesias y en las calles de Roma. También, accesible para cualquiera, en Piazza Navona.

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