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Libros Mozambique

África 55: Venenos de Dios, remedios del Diablo

VENENOS DE DIOS - LIBROS DE MOZAMBIQUE
Un portugués y una hermosa mozambiqueña se enamoran en Lisboa. Ella vuelve a su África natal y desaparece; Sidonio Rosa parte a buscarla. Lo reciben sus ¿futuros suegros?, dos viejos llenos de quejas y misterios. ¿Qué pasó con Deolinda? Venenos de Dios, remedios del Diablo, bienvenidos a la magia de Mia Couto.

Mozambique, ex colonia portuguesa, sureste de África, costa índica, un país donde casi todas las provincias terminan en el mar. La capital, Maputo, concentra la actividad económica, tiene una vida cultural agitada y largas avenidas con jacarandás. Las islas (el destino más visitado) son un paraíso: arenas finitas que se escurren por los dedos, agua turquesa y largos arrecifes de coral. El resto: aldeas y campo. La Ilha de Mozambique, Patrimonio de la Humanidad, se lleva todos los premios.

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VENENOS DE DIOS, REMEDIOS DEL DIABLO – MIA COUTO

LITERATURA AFRICANA - MOZAMBIQUE - MIA COUTO«El médico Sidonio Rosa se inclina para atravesar la puerta con el respeto de quien entra a un vientre». ¿Existe una imagen más poética de alguien que sólo entra a una casa? Primeras líneas. Así comienza Mia Couto a desplegar su maravillosa prosa en la pequeña-gran novela Venenos de Dios, remedios del Diablo. Bienvenidos a su mundo.

En Villa Cacimba, un pueblo perdido -ficticio- de Mozambique, una peste está causando estragos. Los enfermos desandariegos pululan sin destino ni razón. Sidonio Rosa, europeo, médico, blanco, llega muy oportunamente buscando a Deolinda.

En Lisboa, ella le había dicho: «Quiero ver mi mirada en tus ojos». Lo había empujado contra la pared, y él no había regresado más de ese abrazo.

Ahora su amada estaba desaparecida. El asunto parece caer en los padres de la joven, dos jubilados maltrechos que todavía no deciden si vivir o morir. Sidonio queda envuelto entre patrañas y bromas, juegos de palabras y sobrentendidos. La verdad tardará en llegar, ¿llegará?

MAPUTO - LITERATURA AFRICANA
Maputo, la capital de Mozambique, es la ciudad más desarrollada. Beira, donde nació Mia Couto, la segunda.
LITERATURA AFRICANA
Foto Rolex

Doña Munda, don Bartolomé y Sidonio son el centro de la historia: sus encuentros diarios se suceden como una larga escena teatral, sus monólogos fluyen sin respiro en una casa en penumbras y asfixiante.

Venenos de Dios, remedios del Diablo parece una obra de teatro. Resulta fácil imaginar a los tres personajes: lo que sucede entre ellos -y lo que ha sucedido antes– es lo que importa.

Todos los que aman leer deben experimentar a Mia Couto aunque sea una vez, con cuaderno en mano porque tiene frases que merecen la eternidad.

MIA COUTO Y MOZAMBIQUE

Hace 45 años Mozambique entró en las luchas por la independencia. Mia Couto estudiaba medicina en Maputo, tenía 17 años; dejó la Carrera y se unió a la guerrilla como periodista de un diario. Vio cómo mataron a los maestros y cómo dejaron una población analfabeta que prefirió olvidar. Recién ahora, una generación que habla portugués, que encuentra traductor y que quiere salir del silencio, está contando de a poco su versión no oficial de la historia africana.

António Emílio Leite Couto, hijo de portugueses exiliados, heredero de una clase educada, después de la militancia, se dedicó a la Biología -dice que le ha dado una perspectiva sobre los sin voz- y a escribir. Se propuso la ambiciosa tarea de que el mozambiqueño recuerde y de que el resto del mundo sepa. Chapeau por Couto. 

LIBROS EN ÁFRICA: VENENOS DE DIOS, REMEDIOS DEL DIABLO

Nadie mejor que este escritor para presentar a Mozambique: aquí no hay diferencia entre vivos y muertos, el futuro no es una preocupación, el tiempo es circular y las supersticiones son tan reales como el mar. Las creencias, las fantasías y lo mitológico forman parte de la cotidianidad.* En esa atmósfera de ambigüedad entre la verdad y la mentira, la vida y la muerte, nos sumerge el africano; y quedamos tan confundidos como el doctor.

Cuando los secretos se develan y Deolinda deja de ser un sueño, el relato corre con más velocidad. La lentitud inicial hace que, por momentos, cueste sostener el propósito de la historia –¿dónde está Deolinda?– y puede que en alguna página el lector no recuerde qué hacía allí. Bueno, ese vértigo la logran los viejos con su yerno y Mia Couto con nosotros.

Como Sidonio, queremos hallar a la africana pero el embrujo del matrimonio emborracha y los lectores nos olvidamos qué estábamos buscando. Son las flores de Doña Munda.

«Las historias bien contadas son como barcos, nos llevan a conocer el mundo», expresa Couto. A por él, y si quieren quedarse en África, lean a Chimamanda y Agualusa. 

*Entrevista para El Cultural

 

 

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