Experiencias Italia

La isla arcoíris

Burano es una pequeña isla de Venecia cuya tranquilidad y encanto son difíciles de olvidar. Tradicionalmente, las buranelli crecían aprendiendo a tejer encajes y se dedicaban a eso toda su vida. Por siglos, su arte ha sido famoso y reconocido. Hoy la principal fuente de ingresos es el turismo, pero aún se ven tejidos artesanales (la manufactura asiática, igual, llega a todos los rincones de la Tierra).


Es un pueblo de colores. Las casas ─amarillas, rojas, azules y naranjas─ tiñen el paisaje y las calles parecen la paleta olvidada de un pintor. “Calles”, en sentido estricto, no hay; hay canales. Venecia insular es así: como una mano en el lodo, el agua de la laguna invade la tierra veneciana “rompiendo” su geografía como un arado. Una tarde dominical el pueblo parece abandonado. No se escucha música, televisores ni teléfonos. No hay niños jugando ni perros ladrando. Siquiera un alma reposando o descansando del aluvión de visitantes. Ni una puerta ni una ventana con sus macetas floridas abiertas.

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El pueblo de colores sin calles (ni aceras), sin vehículos, sin semáforos y sin bocinas. Uno camina bordeando canales y orillas, cruzando puentes y dejándose envolver por la atmósfera pesquera. Este recóndito lugar de Italia desborda todos los días de turistas fugaces, que nunca ven la noche ni el amanecer. Cuando se van, llega la calma y la isla enmudece.

Al adentrarse en la comunidad callada, el trazado “urbano” es deliciosamente desprolijo. Los pasajes asfaltados a veces son angostitos, a veces no tanto, se curvan, se vuelven laberínticos y es fácil perderse. Y es lindo, sobre todo cuando uno va a ninguna parte. Las viviendas bajas, no más de tres niveles, tienen frentes en todas las direcciones. En cada una de las entradas cuelga una cortina tejida que nos cuenta que las puertas suelen estar abiertas en otras horas y que así se cubren de las miradas indiscretas; y una escobilla y una pala nos explican por qué todo es tan pulcro. Los italianos acostumbran secar su ropa al sol y tenderla a la vista.En Burano es posible andar entre callejuelas donde las prendas expuestas dan cierta sensación de intimidad compartida y de que uno espía e imagina ─con permiso─ la vida de sus dueños. 


Es entonces que, en ese rincón del mundo ─detenido, desierto, dormido─, mágicamente las puertas al óleo se entornan y voces desconocidas nos dan la bienvenida. Con los rostros ocultos por los cortinados tejidos, madres, niños y amantes nos susurran sus historias, quiénes son y qué hacen. Tras la breve ensoñación, la fantasía se desvanece, las imágenes se escabullen y las familias echan nuevamente el cerrojo y nos recuerdan que somos intrusos.


Despierta el arcoíris

En las vías centrales la arquitectura se “ordena”. Como viejas vecinas cuchicheando secretos, las casitas enfiladas se pegan una al lado de la otra; y los caminos se despliegan como un arcoíris sólo interrumpidos por algún pequeño puente. Al avanzar la tarde, resurgen los fantasmas. A la salida de misa, las personas se saludan con dos besos, uno en cada mejilla, con el afecto de una larga despedida. Igual, se van a ver mañana y pasado, y después de pasado también. Las mujeres, con sus faldas a la rodilla, sus zapatos de gruesos tacones y un pequeño bolso apretado contra el pecho, se desparraman rápidamente sin hacer ruido. Los grupos de adolescentes se juntan, como en cualquier gran ciudad, en la calle a tomar alcohol, a fumar y a explayar su rebeldía. Lo hacen a la vista de todos y probablemente a la vuelta de sus casas.

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Según la leyenda, los marineros buranelli necesitaban reconocer sus casas cuando regresaban después de largas jornadas en el mar, especialmente las noches de niebla, y por ello lucen tan coloridas. La única Iglesia tiene un campanario ─notoriamente torcido─ que sirve de brújula.

A las 5 de la tarde los comercios están cerrando. Allegra tiene cerca de 90 años, es viuda y sale después de la siesta a buscar conversación porque dice que se aburre. Deambula muy oronda con su bastón como si tuviera rueditas, y sonríe mostrando los muchos dientes que aún tiene y haciendo honor a su nombre. Risueña, confía que nació en Burano, que vivió toda la vida ahí, que ahí se va a morir y que no quiere otro marido porque es para problemas. Ahora tiene un “compañero” leal, Fiddo; y revolea con soltura su bastón. Allegra saluda sin gritar a los que están de este lado y a los del otro lado también; porque la vía está dividida por agua con puentecillos y botes.

En un mundo donde se conocen hasta los gatos, cada señor y señora que la cruzan, le tocan el hombro con un cariñoso: “Ciao, Allegra, come va?”; y con gestos pícaros auguran: “parole, parole, parole!”, mientras ella los regaña como si fueran críos porque cierran temprano sus tiendas. Con la confianza que da haber crecido con los abuelos de cada uno de ellos y con la sabiduría de quien ha visto pasar una vida entera, la signora afirma frunciendo el ceño que hoy día nadie quiere trabajar. La dama más alegre del mundo se despide regalando besos y deseando suerte, salud y un buen matrimonio. Allegra y Fiddo continúan su camino dejando una estela de ternura, de olor a abuela y de sabor a poco.


En las últimas horas del día, la gente camina, conversa y hace sus compras. Para quien viva en alguna ciudad agitada, de esas donde se corre hasta cuando se duerme, puede sorprenderle esa tranquilidad única de domingo en un lugar donde nadie parece recordar que mañana comienza la semana. O tal vez no importe. Los rostros naturales y sonrientes sugieren una hermosa y plácida existencia; quizá aquí el tiempo y el calendario no apuran ni desvelan.


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Envolver la isla por su costa es delicioso cuando no hay visitantes (se la puede recorrer entera en una o dos horas). La caída del sol es maravillosa con la inmensidad de la laguna veneciana de fondo, las gaviotas, el silencio, el horizonte vacío y un típico “Aperol Spritz” (un aperitivo italiano). Las pupilas difícilmente se olviden algún día de Burano. En la fermata se espera el vaporetto (bus acuático de Venecia) para regresar (durará una hora y, de noche, es un paseo precioso).

Cómo llegar 

Únicamente por agua, desde Venecia (o Murano). Se puede ir con un tour: ocupa todo el día, parte de Venecia y varias empresas ofrecen excursiones combinadas de Murano-Burano-Torcello. O de manera independiente en vaporetto. Son dos tramos desde Venecia con escala y cambio de vaporetto (y fermata, pero están muy cerca entre sí) en Murano. Acá se puede optar por una estancia express (sólo buscar la segunda fermata) o usarse para un recorrido a gusto y piacere.

 

 

 

1 comment on “La isla arcoíris

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