Francia Historias

La Ópera del Fantasma

Fastuoso y despampanante, le dicen Palacio aunque nunca vivieron reyes. En las noches, este lujoso edificio congregaba a la crème de la crème parisina. Tras la función, los asistentes vip se reunían en un salón exclusivo a fumar, a hacer negocios y a buscar la compañía de las jóvenes integrantes del ballet. Las gasas del tutú escondían sórdidas historias de miseria, prostitución y poder.


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La Ópera ofrece visitas guiadas, audioguiadasvip (por otras áreas, como el legendario Foyer de la Danza). En la página hay que revisar días y horarios de cierre; y accesibilidad al auditorio (incluso, el techo de Chagall y el palco del Fantasma) que depende de cuestiones técnicas o artísticas.
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Los espacios y salones son tan lujosos y ostentosos como la élite para la que fueron pensados: condes, marqueses y empresarios muy adinerados en un París que exultaba riqueza y urbanización ante el mundo entero.

Francia, hacia 1860, tenía emperador y emperatriz; y la capital estaba llena de aristócratas que habían resistido a la Toma de la Bastilla y de burgueses que se habían enriquecido con la Industrialización (la Revolución generaba máquinas y obreros y también a los dueños de las máquinas y de los obreros). Napoleón III, que no era tan afín a las guerras como el tío (el Bonaparte más conocido), estaba más preocupado por la modernidad y la estética que por buscarse enemigos: quería que París fuera la ciudad más bella de Europa.

En veinte años hizo volar todo lo que olía a Edad Media (o casi todo). Calles asfaltadas, grandes avenidas, bulevares, cloacas, puentes, confiterías y nuevos edificios, destinados a una sociedad elitista que vestía de traje y circulaba en carruaje, transformaron completamente la apariencia de la capital francesa. Parte de su imagen actual, elegante y sofisticada, es surgente de esa época. La Ópera Garnier, también.

Caballeros y damas pululaban de día por la ciudad derrochando ocio y ostentando estatus, sangre azul y fortuna. De noche, asistían a las galas en Garnier. No había familia de clase alta que se preciara de tal que no acudiera al Teatro para hacer lo que mejor sabían hacer: ver y dejarse ver.


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La alta sociedad parisina, con mucho dinero y tiempo libre, circulaba por los alrededores de la Ópera Garnier (el apellido del arquitecto). Los distinguidos messieurs, de gruesos bigotes, sombreros de copa y bastón, bajaban de sus carruajes a sentarse en el Café de la Paix (izquierda). Las mesdames, con sus largos vestidos abultados, recorrían las Galerías Lafayette (derecha). Las tiendas (siguen siendo muy exclusivas) ofrecen recorridos gratuitos y unas vistas hermosas de la ciudad desde la terraza.

LA TRISTEZA DEL TUTÚ

Además de teatro, Garnier era la Academia de música lírica y ballet de París. De noche había funciones y de día, clases. Alumnas, profesoras y jóvenes en estrictas prácticas eran parte de la agitada vida diurna en la Ópera. Si hubo alguien que inmortalizó a las bailarinas clásicas fue el pintor Edgar Degas, que era asiduo del lugar. Las escenas  idealizadas de pureza y liviandad poco tienen que ver con la realidad de las muchachas con tutú de esa época.

Hubo un tiempo en que estaba prohibido para una mujer subir a un escenario (como muestra la película “Shakespeare in love”). Una bailarina (o una actriz), en Francia, podía ser arrestada en una redada nocturna por prostituta, hasta que en 1671 el rey les dio un permiso. 200 años después, no eran delincuentes pero mantenían su condición de “inmorales” y “meretrices” en un mundo donde las mujeres eran decorado, esposas y madres e iban ocultas hasta los tobillos. La mayoría de las artistas debía vender su cuerpo para sobrevivir. 

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“La pequeña bailarina de catorce años” (de Edgar Degas, foto del museo MET de Nueva York) es Marie, una niña del ballet de la Ópera Garnier. La madre era lavandera del teatro y prostituía a sus tres hijas. Cuando la joven se acostó con los hombres equivocados, la expulsaron.


En la Ópera existe un mítico salón llamado foyer de la danza (se puede conocer con el ticket vip), que hoy se usa para ensayos y reuniones de staff. Hacia fines del 1800, en pleno esplendor del Teatro, era un espacio privado para los abonados y las bailarinas. Los hombres más poderosos y ricos de la alta sociedad francesa, muy elegantes con sombrero de copa, frac y lustrosos bigotes, se juntaban allí en los entreactos y después de la función. Entre el humo de los habanos discutían sobre política, arreglaban matrimonios y hacían transacciones (que para el caso eran lo mismo), y recibían la amorosa atención femenina del cuerpo de baile y de las estudiantes.

Tras la actuación, a veces con la suela de las ballerinas aún sucia, las jóvenes (o niñas) corrían al foyer, un verdadero escaparate para las amantes y la prostitución. Lejos de la profesionalización actual, los sueldos eran misérrimos y necesitaban de un honorable señor para subsistir. Eso sí, las normas de la Institución eran muy rígidas. La Ópera (esta y las otras también) les exigía fidelidad con los privilegiados. Estaba prohibido dormir con otros; si no, a la calle.


EL FANTASMA

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En “La Rotonda de los Abonados” esperaba el público más selecto a ser acomodado en sus lugares. Justo por encima está el escenario; justo por debajo, la morada del Fantasma. El Palco N° 5 no es un palco cualquiera: aunque aparentaba estar siempre vacío, estaba prohibido venderse. Los ocasionales ocupantes, y la Ópera entera, podían pasarla muy mal…

Bajo el suelo y el escenario del Teatro Garnier, el mismo donde transita el público visitante, habitaba un fantasma. O eso creía Gastón Leroux, el autor de El fantasma de la Ópera. Según el libro, una criatura despreciada por la sociedad, un genial compositor y un “ángel de la música”, mantuvo aterrorizada a toda la Ópera durante algún tiempo (asesinó a varios), hasta que la destruyó en un incendio.

Las supersticiones que circulaban entre bambalinas, algunas desgracias reales y un lago subterráneo de la época en que se construyó el edificio (evitaba inundaciones) fueron usados en la historia. El Palacio Garnier nunca se quemó, el resto habrá que ir a ver. El musical homónimo de Andrew Lloyd Webber, basado en la novela de Leroux, hace 30 años que está en Broadway con un éxito arrasador. Los fanáticos del Fantasma se van a deleitar con una visita a la Ópera.


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El Palacio de Versalles (arriba) fue inspiración para la Ópera Garnier, y esta lo fue para muchos teatros del mundo, como el Colón de Buenos Aires (abajo) en Argentina.

La Ópera Garnier de París es espectacular, conserva la pompa y la opulencia con que se concibió; tiene una excelente acústica y para quien conoce la obra El fantasma de la Ópera, el misticismo está intacto.

 

2 comments on “La Ópera del Fantasma

  1. Graciela Marcone

    No lo conozco pero se ve hermoso. El teatro siempre estuvo rodeado en sus inicios de mala fama para las mujeres.

    Le gusta a 1 persona

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