De cómo la corona de Jesucristo acabó en París

Hace 800 años, en Europa, era tiempo de Cruzadas y de Templarios. El rey Luis IX de Francia, completamente entregado a la causa cristiana y decidido a expulsar a los musulmanes, mandó llamar a sus Caballeros Templarios y se fue de cruzada. Del viaje se trajo un souvenir y encargó un relicario para guardarlo. El relicario fue la Saint-Chapelle (monumental relicario) y el souvenir fue justamente reliquias. En la Expedición se había encontrado con el emperador de Constantinopla; y éste le vendió el tesoro más grande del mundo cristiano: las Sagradas Reliquias.

Luis había pagado una fortuna (más que por construir la Capilla Santa), pero a cambio trajo a Francia ─dicen que entró arrodillado y descalzo a París─ nada más ni nada menos que la Corona de Espinas de Jesucristo. No caben dudas de que Francia aumentaba su poder y su imagen de país cristiano; con las Santas Reliquias en su territorio (y en su patrimonio) aspiraba a ser la “Nueva Jerusalén”. Luis terminaría siendo San Luis, el rey santo.


¿Qué pasó con las reliquias? 

Para la doctrina cristiana, las Santas Reliquias son objetos materiales vinculados a la tortura y muerte de Jesucristo ─la Cruz, los Clavos, la Lanza, la Sábana con Su Sangre (con la que recogieron el cadáver), la Corona de Espinas, el Látigo de azote─ que originalmente se repartieron entre Constantinopla, Jerusalén y Roma. Después las tres ciudades fueron invadidas, arrasadas, saqueadas, y quedaron partes esparcidas en distintos lugares del mundo que se atribuyen la veracidad. A partir de entonces muchos discuten acerca de la autenticidad; pero otros creen que son objetos sagrados que estuvieron en contacto con el Cuerpo y la Sangre de Cristo y los veneran con devoción.

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Después de la Revolución Francesa, las Santas Reliquias que se conservaron fueron al Tesoro de Notre-Dame (foto de arriba). Abajo (izquierda), el Relicario de la Corona (muy difícil de ver el contenido). También hay muchas otras reliquias (abajo derecha).

En París había 22: entre ellas, uno de los Clavos y un fragmento de la Cruz, además de la Corona. Cuando Luis IX las trajo de Constantinopla, las guardó en la Saint-Chapelle, y allí se conservaron hasta la Revolución Francesa. Un pueblo hambriento y hastiado del poder monárquico-eclesiástico casi derriba el monumental edificio (Notre-Dame también fue violentamente atacada). Los daños fueron muy grandes, el relicario fue fundido; y sólo sobrevivieron algunos restos (entre ellos la Corona, ya sin Espinas). Hoy, en la Saint-Chapelle no hay nada. Teóricamente están guardados en el Tesoro de Notre-Dame que se puede visitar por algunos euros (la entrada a la Catedral es gratuita).

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Los hermosos ventanales de la Saint-Chapelle (en plenos trabajos de limpieza para que recuperen su transparencia) milagrosamente sobrevivieron a la Revolución (son del 1200). El Relicario no tuvo esa suerte; el actual no es el original y está vacío.

Luis, ¿San Luis?

Luis IX, uno de los primeros reyes franceses, era muy devoto o muy fanático o muy ambicioso o todo eso. Se fue a las Cruzadas en las guerras contra los musulmanes, trajo las Sagradas Reliquias a Europa, cayó prisionero y, tras el pago de un rescate, fue liberado. Siguió de cruzado en el afán de la “liberación” y recuperación de Tierra Santa. Fue conocida su intolerancia a los judíos franceses y su fervor por la Inquisición. Participó en violentas batallas, pero en la cotidianidad vivía más como un monje que como un rey, con rigurosas prácticas clericales: ayunos, flagelaciones (usaba cilicios en sus piernas como el personaje de “El código Da Vinci”), penitencias y una estricta vida espiritual (con una abstinencia sexual “controlada” que le permitió tener 11 hijos).

Este monarca, venerado como Santo, antes fue un mortal que inspiró amor, devoción y terror entre quienes lo rodeaban. Su popularidad se extendió dentro y fuera de su Tierra, y se convirtió en el hombre más poderoso de Occidente de su época. La Iglesia lo tomó de modelo del buen gobernante católico, lo adoraba. Luis fue canonizado y ganó la fama de “el más piadoso de los reyes”.


Francia tiene dos santos propios con otros méritos: Santa Genoveva, que milagrosamente logró con súplicas que el ejército de Atila y sus aterradores hunos no arrasaran con París, y San Denís, el primer mártir cristiano, que en su intentó por propagar su fe en tiempos en que estaba prohibido fue torturado y decapitado en Montmartre.


En las Cruzadas, como en todas las guerras religiosas, se defendían ideales de “liberación” y de “purificación” que permitieron justificar intereses económicos subyacentes. Los tiempos de Luis IX significaron la persecución, la humillación y la muerte en la hoguera de muchos. En nombre de Dios, él y sus Templarios consiguieron las Santas Reliquias. En ese camino se saquearon ciudades y se masacraron a miles de personas. ¿Sangre por fe? El rey Luis IX, ¿San Luis?


Es sabido que no todo lo que brilla es oro. La Historia muestra, a menudo, que esto es particularmente cierto cuando se trata de oro sancto.

 

3 comentarios sobre “De cómo la corona de Jesucristo acabó en París

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