Un caleidoscopio santo y gigante

La Saint-Chapelle, junto con Notre-Dame y la Concergerie, es una de las edificaciones más antiguas –y más turísticas– de París (son más o menos contemporáneas). Puede ser uno de los imprescindibles, una visita individual (porque bien lo vale) o ser parte de un recorrido medieval por las Islas (de la Cité y St. Louis) donde se fundó la ciudad. Lo que primero puede llamar la atención de la Capilla Santa es su entrada: parece escondida.


El recorrido para llegar es medio intrincado, entre pasadizos y otros edificios y estructuras, con una fachada que no da a la calle. ¿Por qué está semi-oculta?


En la Île de la Cité –donde alguna vez vivieron romanos y mucho antes, celtas; cuando París no era París– funcionó el epicentro de la vida medieval parisina y allí vivieron los primeros reyes franceses. La ciudad, que era apenas un poco más grande que las islas, estaba amurallada, con grandes portones custodiados que se cerraban por las noches. Por entonces no existía Versalles ni el Louvre (residencias reales muchos siglos después), y los reyes habitaban en el Palais de la Cité (Concergerie y Palacio de Justicia es lo que queda en la actualidad). Usado por 300 años, este Palacio tenía su propia capilla, la Saint-Chapelle.


TIEMPO DE CRUZADAS

Allá por el 1240, el rey que vivía en el Palacio era Luis IX, futuro San Luis, y quería un lugar propio donde rezar, una iglesia exclusiva (un antojo común en la realeza). Se mandó a construir una, casi al lado de la cama, con entrada privada desde sus aposentos. Sin acceso desde el exterior, sólo desde las habitaciones reales, en un primer nivel, resultaba bien íntima. Por ello, encontramos la Saint-Chapelle tan bella y tan alta y tan escondida.


Este monarca era extremadamente espiritual, llevaba una activa y exigente vida religiosa, casi sacerdotal… pero, hubo otras razones para hacer una capilla así.


Hace 800 años, en Europa, era tiempo de Cruzadas y de Templarios. Luis IX se entregó en cuerpo y alma a la causa cristiana. Decidido a expulsar a los musulmanes, mandó llamar a sus Caballeros Templarios y se fue de cruzada. Del viaje se trajo un souvenir y para guardarlo encargó la fabricación de un relicario. El relicario fue la Saint-Chapelle (monumental relicario) y el souvenir, reliquias.


En la Expedición, se había encontrado con el emperador de Constantinopla y le compró el tesoro más grande del mundo cristiano. Luis había pagado una fortuna (más que por construir la Capilla Santa); pero a cambio trajo a Francia ─dicen que entró arrodillado y descalzo a París─ nada más ni nada menos que la Corona de Espinas de Jesucristo (y otras Reliquias).


No caben dudas de que Francia aumentaba su poder y su imagen de país cristiano; con las Santas Reliquias en su territorio (y en su patrimonio) aspiraba a ser la “Nueva Jerusalén”. Con semejante destino, la Saint-Chapelle se convirtió en un bellísimo y exclusivísimo templo. Sólo el rey y sus íntimos podían acceder desde el Palacio por la terraza exterior.

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La capilla de ingreso de la planta inferior (izquierda) es más sencilla pero muy bella (tiene el mural más antiguo de París). Los rosetones (arriba) inspiraron los de Notre-Dame y los increíbles ventanales son originales del 1200 (sobrevivieron a la Revolución). La Saint-Chapelle hace honor a su estilo: gótico rayonnant (radiante).

La Capilla es un edificio básicamente de vidrio: 15 increíbles y largas vidrieras con la historia bíblica de la Humanidad cubren todo el espacio y lo llenan de luz y color. En la planta baja hay otra capilla, que en su momento estaba destinada al personal del Palacio, por donde ingresa el público. Luego se sube al primer nivel; y, de golpe, sin anestesia: el cofre. El efecto emocional y visual que produce la entrada al recinto es sobrecogedor.


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En puntas de pie, desde la ignorancia, la emoción o la curiosidad, más de uno estira el cuello para espiar el alto Relicario (abajo izquierda). No hace falta, está vacío. Para ver lo que sobrevive de la Corona de Jesucristo hay que ir a Notre-Dame (arriba), entrar al Tesoro y escudriñar en otro relicario (abajo derecha).

La Saint-Chapelle está en pleno trabajo de limpieza tratando de que recupere su transparencia y de que el gran caleidoscopio vuelva a brillar por completo. Las Reliquias ya no están allí, sólo queda un relicario (no es el original), vacío. Para seguir la ruta de la Corona de Jesucristo hay que ir a Notre-Dame.


VISITAR LA SAINT-CHAPELLE

La vista dura 1 hora en promedio, el ticket se adquiere directamente en el lugar. Si la Concergerie está incluida en el paseo, mejor comprar allí una entrada combinada. Será más económico y la fila a Saint-Chapelle, más corta. Los restos de las Reliquias se ven en la Catedral de Notre-Dame (en el Tesoro).


¿DUDAS, CONSULTAS?

www.monuments-nationaux.fr

la.sainte-chapelle@monuments-nationaux.fr

 

2 comentarios sobre “Un caleidoscopio santo y gigante

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