La dama de París: revolución, fama y monstruos

La Catedral de Notre-Dame, tan antigua y tan famosa, tan gótica y tan gris, por años no tuvo rival. Encerrada en la pequeña isla central de París, rodeada del agua del Sena, fue gigantesca, majestuosa. Nació en un tiempo en el que no había Torre Eiffel, Moulin Rouge ni Versalles; mucho antes que Juana de Arco, Napoléon y María Antonieta. Fue testigo de todo y de todos, vio pasar reyes, emperadores, soldados invasores. Los revolucionarios del 89 casi la tiran abajo. Se asustó, pero los comprendió: durante siglos los había visto comer basura y morir de hambre o de peste. Hoy, declarada Patrimonio Mundial de la Unesco, recibe grandes masas más reconciliadas con la Historia.


LA REVOLUCIÓN, CASI PERDEMOS A NOTRE-DAME

París marcó un hito mundial con su famosa revolución. Los franceses gritaron: “¡basta de reyes!”, mientras rodaban cabezas. Con el estallido, Notre-Dame creyó que le llegaba la extremaunción: fue violentamente atacada (también la Saint-Chapelle) por un pueblo hambriento y harto del poder del clero y de la realeza.

Saqueada y profundamente dañada, quedó en el olvido durante algún tiempo. Pese a la fuerza de la Revolución Francesa y a las muchas muertes, la guillotina no trajo inmediatamente la República. Pasaron 100 años de nuevas versiones monárquicas, invasiones rusas, alemanas, más levantamientos populares…


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La Revolución Francesa atacó violentamente a Notre-Dame. Se destruyeron las estatuas de la fachada (las actuales no son las originales), se profanaron las tumbas, se saqueó el Tesoro (abajo izquierda) y se fundieron los Relicarios. Actualmente, Notre-Dame conserva restos de la Corona de Jesucristo (abajo derecha).

El primero que apareció tras la Toma de la Bastilla fue Napoleón Bonaparte. Simuló hacerse el revolucionario y, ni bien tuvo oportunidad, se autoproclamó emperador, decidió coronarse en Notre-Dame y la mandó a restaurar para las circunstancias. En 1806 la Catedral recibió a Napoleón, a su esposa Josefina, al Papa y a toda la Corte. El militar más exitoso de Francia mostró las cartas ese mismo día: le sacó la corona al Sumo Pontífice y, dándole la espalda, se la colocó él mismo; luego hizo lo propio con la Emperatriz. Se quedó diez años en el poder hasta que perdió contra los ingleses en Waterloo y se exilió.


En 1831 se publicó la novela Notre-Dame de Paris. Victor Hugo recreó una Notre-Dame de otro tiempo en un París medieval, monárquico, que aún no había visto la irreversible Revolución. La Catedral fue escenario ficticio del triángulo amoroso del entrañable Quasimodo –el campanero jorobado, sordo y tuerto que “parecía un gigante roto y mal soldado”–, la encantadora Esmeralda –la joven egipcia un poco “hechicera, ángel, hada o ser humano”– y el perverso monje. Como un inmenso elefante que despierta en la ciudad gris, así alucinaba el arcediano la Catedral:

“(…) la iglesia se ponía en movimiento, se animaba, cobraba vida, cada columna se convertía en una enorme pata que golpeaba el suelo con su ancha espátula de piedra y la gigantesca catedral era una especie de elefante prodigioso que resoplaba y andaba con los pilares a modo de patas, las dos torres a modo de trompas y el inmenso paño negro a modo de gualdrapa”.


Cuatro décadas después de la partida de Napoleón I, apareció en escena el sobrino. El segundo Bonaparte instauró otro Imperio y contrató a un amigo, el barón Haussmann, para que embelleciera la ciudad (y lo lograría). A sus ojos, París se veía como una vieja aldea, medieval, sucia y peligrosa.

La catedral, rodeada de sitios malolientes de dudosa fama, de pordioseros, prostitutas y ladrones mendigando, ya no resultaba apropiada para la elegante capital que tenía en mente.

Se habían ido los reyes pero quedaban muchos aristócratas y, sobre todo, burgueses. La urbanización de Haussmann incluyó la zona de Notre-Dame (por suerte; Notre-Dame, no), voló todo: casas, comercios y personas. La gran explanada frontal, limpia y despejada, resultó más apropiada para que damas con sombrilla y caballeros con levita bajaran del carruaje sin mancharse con lodo los zapatos; y a la salida de misa controlaran a los asistentes devotos.

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Victor Hugo (abajo, placa en el Panteón, donde está enterrado) popularizó Notre-Dame cuando la usó de escenario ficticio para su libro Notre-Dame de París. El campanario del Jorobado puede visitarse subiendo a las Torres. Arriba, la gran plaza frente a la Catedral es de cuando modernizaron la ciudad. Aristócratas y burgueses se encontraban a las salida de misa.

Cuando el siglo XIX comenzaba a declinar, un señor arquitecto muy conocido y controversial (era “el” arquitecto) fue elegido para la restauración y el mantenimiento de la catedral. La fantasiosa mente de Viollet-le-Duc fue la que concibió la “monstruosidad” de Notre-Dame, desde entonces se incorporaron las famosas gárgolas y quimeras.

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Una atmósfera de magia, misticismo y suspenso envuelve a la catedral. Bestias y dragones alados habitan en lo alto de las Torres. Están escondidas, separadas del mundo de los humanos protegiendo su hogar; pero observándonos, acechándonos… Para verlas hay que ascender 400 escalones, los mismos que nos llevan al legendario y sobrenatural campanario del Jorobado.
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Cuando después de haber andado a tientas durante largo rato por la tenebrosa espiral que atraviesa perpendicularmente la espesa muralla de los campanarios sale uno por fin, bruscamente (…) a un espectáculo sui generis” (Hugo, 1831). La escalera es espiralada y un poquito tenebrosa, es cierto, pero hay ventanas; y la vista es un sueño.

 

Nuestra Señora de París tiene más de 800 años; es testigo silenciosa e involuntaria de la historia de la ciudad. Resulta emocionante conocerla y saber que sus paredes transpiran secretos que huelen a pasado y que tal vez nunca serán develados, como le sucedió al “autor” de Notre-Dame de Paris. Escudriñando la catedral encontró tallada, en el muro de una de las torres, una extraña palabra en griego de la época medieval, escrita en caligrafía gótica y oculta en un rincón oscuro entre las piedras. Desconocía el significado, pero intuyó que escondía un destino trágico o lúgubre. Tiempo después regresó, y la misteriosa palabra ya no estaba. Entonces profetizó:


el hombre que escribió aquella palabra en aquella pared despareció hace varios siglos de entre los vivos, la palabra desapareció a su vez de la pared de la iglesia, la propia iglesia tal vez desaparezca muy pronto de la tierra”.


Esperemos que Victor Hugo se equivoque y tengamos Notre-Dame para rato; pero quizá algún visitante curioso –como el “autor”– se tropiece con alguna huella de oscuro significado antes de que desaparezca…

 

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